Cuento breve 1

LA MONJA DE SAINT PIERRE

Moissac es una ciudad ubicada al sur de Francia y fue unos de los puntos iniciales para las Peregrinaciones a Santiago de Compostela. El Convento de Sth. Pierre, declarado Patrimonio Universal de la Humanidad, albergaba a los peregrinos medievales a la espera de otros contingentes y brindaba cobijo y asistencia.

La llamaron Ataulfa, como su abuela, peculiar nombre para una preciosa niña que nació prematuramente una noche de Navidad, en un viejo caserío de Lavit. Su madre murió tres días después del parto y a duras penas la infanta sobrevivió, gracias a la leche y el cuidado de una nodriza vecina...y su padre, no pudo sostener la pena y en la primavera siguiente, su cuerpo fue encontrado en el fondo del torrente, cerca de la desembocadura del Geronne.

A los siete años, Ataulfa fue llevada al Convento de Sainth Pierre en la cercana Moissac y nunca más salió. Ingresó como ayudante de cocina, de la limpieza de los retretes y como entendía de plantas y yuyos, a los años la designaron ayudante de la hermana botiguera, donde se preparaban remedios, ungüentos y licores. Cuando cumplió su mayoría, tomó los hábitos y pasó a llamarse Sor María Elda, aunque todos le decían Mariela.

En el convento, los días eran exactamente iguales con frío o calor, con lluvias o soleados y sus costumbres, rezos, tareas y sueños no diferían ni un ápice desde centenares de años, cuando se fundó para contener a los peregrinos que marchaban incesantemente hacia su Ultra Eya de Santiago de Compostela.

Tan idénticos, que nada cambió aquella mañana de mayo, en que se abrieron al alba, las puertas de la iglesia e ingresaron ruidosamente ciento cuatro peregrinos venidos de las comarcas vecinas de Montauban y Gaillac. Hombres y mujeres arropadas con botas escaladoras, morrales, bastones y la concha de nácar colgada al cuello, para distinguirse entre los asaltantes de caminos… todo tan igual y monótono en la mañana, hasta que un estruendoso ruido sobresaltó a las monjas que cantaban a alternancias sus himnos con voces celestiales.

Un joven cayó de bruces, aplastado por su propio peso de ropajes y pertrechos, completamente tieso y aparentemente difunto. Los rezos corales no se interrumpieron, ni siquiera cuando las puertas hacia la enfermería crujieron agudamente y tronaron en toda la nave.

Sus compañeros le quitaron la ropa y al ver que reaccionaba temblorosamente, no lo abandonaron por muerto. Bañado en sudor, comenzó a balbucear llamando a su madre, hasta que quedó dormido. En el lugar, tenían un reservado apartado para el cuidado de enfermos y allí fue depositado este otrora alegre muchachón que desde que se sumó al grupo no dejaba de cantar y alentar a los rezagados.

Basualdo, aprendiz aventajado de profesión carpintero, era el menor de cuatro hermanos, todos dedicados a talar los bosques vecinos y fabricar puertas, ventanas y variados tipos de muebles. Con el entusiasmo del viaje y la euforia del permiso otorgado por los suyos, no atendió demasiado el corte profundo que se hizo cuando cepillaba unos viejos tirantes con clavos oxidados…y al momento, una asepsia generalizada, no le permitió continuar con el viaje.

Entre la vida y la muerte, tuvo que quedarse más de cuarenta jornadas en la enfermería de Sainth Pierre. Sor Mariela y otras hermanas de hábitos blancos, cumpliendo con sus tareas humanitarias, asistieron al joven con muchos cuidados; tantos, que una tarde cualquiera, a Mariela le corrió un frío en la espalda cuando el repuesto le tomó de las manos y le dijo: Gracias hermana!!!

Fueron sus primeras palabras luego de la agonía y sus ojos juveniles se cruzaron para siempre. Sonrojada y aturdida, huyó hacia el centro del claustro para dar gracias a Dios y día a día, regresaba con pudor e impaciencia a la enfermería, para ver a su paciente repuesto.

Al partir, agobiado por la tristeza, Basualdo le regaló una pequeña crucecita de plata que guardaba entre su ropaje y escondía la promesa de otra joven. Mariela, sin contestarle, la engarzó en su Rosario de quince misterios, justo en la pausa segunda “La visitación de María a su prima Santa Isabel” y regresó a su monótona actividad…aunque, hasta el fin de su vida, en sus interminables laudes, recordaría esos ojos claros y profundos de un amor, entre profano y celestial, que nunca se consumó…